La resurrección, en sí misma, está fuera de todos los cánones de trabajo del historiador. Lo más que este puede hacer es, por un lado, reflexionar, a tenor con los fenómenos similares de visiones colectivas en la historia de las religiones, sobre un escenario verosímil que explique la fe colectiva. Y por otro, estudiar las circunstancias que rodearon el supuesto hecho: ¿por qué los discípulos de Jesús tras su muerte siguieron tan apegados a él?, ¿cuál era el conocimiento que tenían de la sepultura de Jesús? ¿cuándo surgió la necesidad de conocer la tumba de Jesús?, ¿cuánto tiempo pasó entre la muerte de Jesús y la primera fe en su resurrección?, ¿cómo explicar la fe en la resurrección de un muerto?, ¿de cuándo datan los primeros relatos de la resurrección?, ¿qué dicen estos primeros relatos?, ¿qué tradición o tradiciones los soportan?, ¿de cuándo pueden datar y en qué tipo de comunidades surgieron?, ¿significó la resurrección añadir títulos nuevos a la figura histórica de Jesús? Preguntas que irán teniendo su respuesta en las páginas que siguen.
La primera pregunta sobre la resurrección es por qué tanto apego emocional de los discípulos a Jesús y por qué una vez muerto siguieron apegados a él. Sin este apego no hay manera de entender la resurrección. Lo que es muy evidente si se compara este grupo con el grupo de Q que veía en Jesús solo a un profeta. Este apego emocional es la causa de la fe, y la fe lo es de las visiones y apariciones del resucitado, ausentes en Q. Por lo que hemos visto en la exposición de Jesús como mesías, parece que estaban más convencidos sus discípulos de que él era el mesías del Reino de Dios que él mismo. Apego que, puesto en paralelo con haber sido nombrados para ejercer de jueces de las doce tribus perdidas de Israel, se explica fácilmente por el puro interés de ejercer como jefes en el nuevo reino. Pero además es necesario situar el “apego emocional” de los discípulos en dependencia de la cultura del fin del mundo (que es la que explica la predicación por Jesús del Reino de Dios), una cultura que cubría con su niebla todos los entresijos sociales y todas las conciencias, creada por la literatura apocalíptica, por lo menos, desde el siglo II a.e.c. Lo que se confirma con la pregunta (redaccional, pero reveladora de las intenciones del relato) que le hacen sus discípulos un día en que, ya resucitado, estaban comiendo con él a la mesa: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” (Hch 1, 6) y en la observación de los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos que sería él quien iba a librar a Israel” (Lc 24, 21). Lo que, además, hace evidente que para los discípulos la fe en la resurrección solo podía significar la entronización por Dios de Jesús como mesías de la estirpe de David (Rom 1, 1-3) y, en consecuencia, la inminente carrera de los discípulos más cercanos como líderes de las doce tribus.
¿Cuánto tiempo pasó entre la muerte de Jesús y la primera fe en su resurrección? Confesemos que no tenemos ni idea. Lo de los tres días es una relectura cristiana de los hechos “según las escrituras”. Así, por ejemplo: “Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 40), este es el estilo midrásico con el que la tradición de Jesús leyó que las escrituras anunciaban la resurrección del mesías y todo el resto de su vida; estilo que era el argumento más fuerte para mostrar que la fe proclamada era una verdad revelada. No es, sin embargo, verosímil que el lapso entre muerte y resurrección fuera un tiempo cortado a cuchillo; hasta aquí, no, desde aquí, sí, sino que iría avanzando poco a poco a medida que el colectivo se mentalizaba. Este tiempo histórico de duelo debió de ser muy traumático para sus discípulos más cercanos, que estarían avergonzados de presentarse en público, pero que seguían muy apegados emocionalmente a su maestro. El término ante quem no es difícil de estimar. Combinando los datos de la lapidación de Esteban, a la que Pablo asiste todavía como perseguidor, y los de la “llamada” de este se pueden conjeturar prudentemente ambos hechos hacia 33-35 e. c., lo que nos conduce a uno o dos años atrás, por lo menos, para dar por hecha la fe en la resurrección, hacia el 32-33. Como se puede deducir, estas fechas son muy inestables, pero permiten tener una idea aproximada del tiempo en que ya era seguro que en la comunidad judeocristiana de Jerusalén había una fe bastante extendida en la resurrección de Jesús. Es decir, que el trauma para los discípulos de ver a Jesús muerto por sedición más el lento proceso del despertar de la fe pudo durar, como mucho, de uno a tres años. La fe en su resurrección, eso sí que era un gran consuelo.
¿Cómo explicar la fe en la resurrección de un muerto al que veían entronizado por Dios como mesías de Israel: “de la estirpe de David, según la carne” (Rom 1, 3)? ¿Y cómo se explica esta fe en un judío cuya fe en la resurrección estaba limitada al día del fin del mundo, pero no antes? Lo único que había eran los milagros de profetas que resucitaban un cadáver para retornarlo a la vida cotidiana y mortal, como el caso de Lázaro. Es preciso subrayar que la fe mayoritaria en la resurrección en el fin del mundo tenía apenas doscientos años (libro de Daniel). Una vez más hemos de acudir a la mentalización colectiva generada por la apocalíptica judía. Es la madre de las principales ideas de esta generación.
© Santiago Fernández Nistal, Jesús de Nazaret. Su historia y su leyenda. pp. 229-231.
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