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domingo, 13 de julio de 2025

¡RESUCITÓ!

La resurrección, en sí misma, está fuera de todos los cánones de trabajo del historiador. Lo más que este puede hacer es, por un lado, reflexionar, a tenor con los fenómenos similares de visiones colectivas en la historia de las religiones, sobre un escenario verosímil que explique la fe colectiva. Y por otro, estudiar las circunstancias que rodearon el supuesto hecho: ¿por qué los discípulos de Jesús tras su muerte siguieron tan apegados a él?, ¿cuál era el conocimiento que tenían de la sepultura de Jesús? ¿cuándo surgió la necesidad de conocer la tumba de Jesús?, ¿cuánto tiempo pasó entre la muerte de Jesús y la primera fe en su resurrección?, ¿cómo explicar la fe en la resurrección de un muerto?, ¿de cuándo datan los primeros relatos de la resurrección?, ¿qué dicen estos primeros relatos?, ¿qué tradición o tradiciones los soportan?, ¿de cuándo pueden datar y en qué tipo de comunidades surgieron?, ¿significó la resurrección añadir títulos nuevos a la figura histórica de Jesús? Preguntas que irán teniendo su respuesta en las páginas que siguen.

La primera pregunta sobre la resurrección es por qué tanto apego emocional de los discípulos a Jesús y por qué una vez muerto siguieron apegados a él. Sin este apego no hay manera de entender la resurrección. Lo que es muy evidente si se compara este grupo con el grupo de Q que veía en Jesús solo a un profeta. Este apego emocional es la causa de la fe, y la fe lo es de las visiones y apariciones del resucitado, ausentes en Q. Por lo que hemos visto en la exposición de Jesús como mesías, parece que estaban más convencidos sus discípulos de que él era el mesías del Reino de Dios que él mismo. Apego que, puesto en paralelo con haber sido nombrados para ejercer de jueces de las doce tribus perdidas de Israel, se explica fácilmente por el puro interés de ejercer como jefes en el nuevo reino. Pero además es necesario situar el “apego emocional” de los discípulos en dependencia de la cultura del fin del mundo (que es la que explica la predicación por Jesús del Reino de Dios), una cultura que cubría con su niebla todos los entresijos sociales y todas las conciencias, creada por la literatura apocalíptica, por lo menos, desde el siglo II a.e.c. Lo que se confirma con la pregunta (redaccional, pero reveladora de las intenciones del relato) que le hacen sus discípulos un día en que, ya resucitado, estaban comiendo con él a la mesa: “Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?” (Hch 1, 6) y en la observación de los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos que sería él quien iba a librar a Israel” (Lc 24, 21). Lo que, además, hace evidente que para los discípulos la fe en la resurrección solo podía significar la entronización por Dios de Jesús como mesías de la estirpe de David (Rom 1, 1-3) y, en consecuencia, la inminente carrera de los discípulos más cercanos como líderes de las doce tribus.

¿Cuánto tiempo pasó entre la muerte de Jesús y la primera fe en su resurrección? Confesemos que no tenemos ni idea. Lo de los tres días es una relectura cristiana de los hechos “según las escrituras”. Así, por ejemplo: “Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches” (Mt 12, 40), este es el estilo midrásico con el que la tradición de Jesús leyó que las escrituras anunciaban la resurrección del mesías y todo el resto de su vida; estilo que era el argumento más fuerte para mostrar que la fe proclamada era una verdad revelada. No es, sin embargo, verosímil que el lapso entre muerte y resurrección fuera un tiempo cortado a cuchillo; hasta aquí, no, desde aquí, sí, sino que iría avanzando poco a poco a medida que el colectivo se mentalizaba. Este tiempo histórico de duelo debió de ser muy traumático para sus discípulos más cercanos, que estarían avergonzados de presentarse en público, pero que seguían muy apegados emocionalmente a su maestro. El término ante quem no es difícil de estimar. Combinando los datos de la lapidación de Esteban, a la que Pablo asiste todavía como perseguidor, y los de la “llamada” de este se pueden conjeturar prudentemente ambos hechos hacia 33-35 e. c., lo que nos conduce a uno o dos años atrás, por lo menos, para dar por hecha la fe en la resurrección, hacia el 32-33. Como se puede deducir, estas fechas son muy inestables, pero permiten tener una idea aproximada del tiempo en que ya era seguro que en la comunidad judeocristiana de Jerusalén había una fe bastante extendida en la resurrección de Jesús. Es decir, que el trauma para los discípulos de ver a Jesús muerto por sedición más el lento proceso del despertar de la fe pudo durar, como mucho, de uno a tres años. La fe en su resurrección, eso sí que era un gran consuelo.

¿Cómo explicar la fe en la resurrección de un muerto al que veían entronizado por Dios como mesías de Israel: “de la estirpe de David, según la carne” (Rom 1, 3)? ¿Y cómo se explica esta fe en un judío cuya fe en la resurrección estaba limitada al día del fin del mundo, pero no antes? Lo único que había eran los milagros de profetas que resucitaban un cadáver para retornarlo a la vida cotidiana y mortal, como el caso de Lázaro. Es preciso subrayar que la fe mayoritaria en la resurrección en el fin del mundo tenía apenas doscientos años (libro de Daniel). Una vez más hemos de acudir a la mentalización colectiva generada por la apocalíptica judía. Es la madre de las principales ideas de esta generación.

© Santiago Fernández Nistal, Jesús de Nazaret. Su historia y su leyenda. pp. 229-231.

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 JESÚS DE NAZARET. SU HISTORIA Y SU LEYENDA

UNA SÚPLICA A DIOS Y DOS DESAFÍOS POLÍTICOS

Uno de los grandes misterios del Jesús histórico es por qué decidió, tras un año de actividad profética sin asomo alguno de querer postularse para ser rey mesías del Reino de Dios, venir a Jerusalén en la semana de Pascua y empezar a actuar como aspirante a rey mesías. La entrada triunfal en Jerusalén y la purificación del Templo parecen haber sido para Jesús una súplica a Dios para que acudiera con su ayuda milagrosa a instituir el reino. Con ellas decidió manifestarle su disposición final a aceptar la función de mesías suyo en la doble posibilidad, la de rey y la de sacerdote. De rey, en la entrada triunfal a Jerusalén, donde fue reconocido por sus discípulos como rey davídico, y de sacerdote, en la exigencia de un culto nuevo en un Templo reconstruido, más acorde con su noción de un Dios de amor por los pecadores. Era la primera vez que Jesús realizaba públicamente estos actos que implicaban una toma de posición política como pretendiente a rey mesías de Israel.

Estos dos episodios cuentan con testimonio múltiple y, a pesar de los posibles añadidos redaccionales, se prestan claramente a ser interpretados como manifestaciones públicas auténticas de Jesús, aunque implícitas, de su mesianismo. Ambos episodios deben unirse en la mente del lector como dos momentos en los que Jesús ejecuta un acto de ocupación de la ciudad y del Templo de manera más simbólica que ejecutiva porque no desplegó fuerza ni violencia ninguna. Simbólica porque su objetivo principal era el de pedir a Dios que le ofreciera su ayuda para triunfar de los enemigos de su pueblo. Pero inevitablemente política también, porque dos actos así, por nimios que se los quiera considerar, tenían un fuerte color político contra las legítimas autoridades que los regentaban, Pilato y Caifás. Y Jesús no podía por menos que ser consciente de esta dimensión política de sus súplicas a Dios.

La entrada triunfal en Jerusalén (Mc 11, 1-11) tiene una tradición mesiánica que se remonta hasta la primera generación judeocristiana, la de los discípulos de Jesús. Aunque esté todo el episodio trufado de añadidos redaccionales con citas de las Escrituras (lo que podría dar lugar a sospechar razonablemente que el episodio fuera ficticio), son demasiadas las muestras de redacciones independientes. Así, por ejemplo, Lucas (19, 28-38) y Juan (12, 12-15) – dos relatos de tradiciones independientes – se refieren a la aclamación explícita a Jesús como rey, mientras que en Marcos y Mateo (21, 1-11) la aclamación de rey es solo implícita. Es difícil saber con seguridad qué segmentos textuales son auténticos, pero el episodio, por mucho que se limpie de añadidos redaccionales, conserva aún un sabor mesiánico auténtico, concretamente en la aclamación a los gritos de “¡Hosanna!” extendiendo la gente sus mantos por el camino y en las alusiones al hijo de David. La referencia más antigua de este origen es la Carta a los Romanos (1, 3): “de la estirpe de David, según la carne”, tradición cuyo origen no puede ser otro que los judeocristianos de Palestina. Tradición que para Pablo era válida solo para los judíos étnicos. Para él y sus comunidades, Jesús era el hijo de Dios “según el Espíritu de Santidad por su resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4).

Esta entrada en Jerusalén fue, para Jesús, un acto de aceptación personal implícita de su disposición a aceptar el cargo de mesías, pero sin declararse él explícitamente en ningún momento mesías. Su única intencionalidad no podía ser otra que la de hacer un acto consciente de intencionalidad profética, simbólica ante Dios y política frente a Pilato, el “enemigo”, de cara a solicitar el auxilio divino para expulsar a este e instaurar el Reino de Dios. Lo que significa que no es concebible que no fuera consciente del alcance político de su desafío, si bien en modo alguno pretendía – sería ridículo – ser un acto de fuerza ejecutiva de la que no disponía. Esta clase de actos proféticos de intencionalidad simbólica y política eran tradicionales en los profetas clásicos. Y la gente solía entenderlos. Pero no es probable que la gente que lo había aclamado pensara que aclamaba a un pretendiente de rey mesías. Más bien serían conscientes de estar vitoreando al rey mesías davídico que ejercía ya como tal en su entrada triunfal en la ciudad, lo que debe ser tenido en cuenta a la hora de deducir lo que Pilato pensara del hecho.

Objeción: si las cosas fueron así, ¿cómo es que no lo detuvieron al instante o al día siguiente? Varias respuestas son posibles. En primer lugar, la “entrada triunfal” no parece que tuviera lugar en el mismo Jerusalén, sino en el breve trayecto entre el Monte de los Olivos y las puertas de Jerusalén, fuera, pues, de la ciudad. En segundo lugar, aunque la afluencia de gente por tal camino sería enorme, no todos sabrían de qué iban los ¡hosanna!, sino solo los discípulos. En tercer lugar, el supuesto triunfalismo montado con el evento hay que reducirlo en muchísimos decibelios y aceptar que las dimensiones iniciales del mismo serían más bien discretas y que el ruido que tenemos en los textos evangélicos es un añadido redaccional. Lo que no quita que hubo realmente un pequeño acto público de aclamación mesiánica a Jesús.

Crecido Jesús en su confianza en Dios por no haber sido detenido, quiso forzar por segunda vez el auxilio divino y se dirigió al Templo, centro de la soberanía de Caifás, sumo pontífice:

Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas… Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina (Mc 11, 15-18).

Este acto de Jesús era uno de los más escandalosos que un judío podía cometer. El Templo y la ley eran los signos de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Mutuamente se implicaban. El Templo era sacrosanto e inviolable para todo judío. El gesto de Jesús constituía un delito gravísimo de profanación. De manera que el odio que respiramos de la chusma de Jerusalén azuzada por los sacerdotes solicitando la crucifixión de Jesús ya sabemos la causa remota que podía tener (comparar con el episodio similar de la chusma de Jerusalén queriendo linchar a Pablo por introducir a un griego gentil en el Templo: Hch 21, 27-36).

©  Santiago Fernández Nistal, Jesús de Nazaret. Su historia y su leyenda, pp. 171-174.


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 JESÚS DE NAZARET. SU HISTORIA Y SU LEYENDA


sábado, 12 de julio de 2025

LA SOSPECHA COMO NORMA

1.- Preguntarse por el Jesús histórico equivale a sospechar de la autenticidad histórica de lo que cuentan los evangelios: ¿es que los evangelios no son relatos históricos?, ¿no los escribieron discípulos de Jesús y testigos de lo que cuentan? Antes de los años setenta del pasado siglo, la investigación del Jesús histórico había estado casi exclusivamente en manos de creyentes de confesión protestante que acudían movidos por encontrar un Jesús histórico que diera solidez histórica a su fe. Pero a partir de los años setenta del siglo XX, una nueva generación de investigadores se sumó al empeño confesando un interés puramente histórico, lejos de intereses confesionales. La actitud del investigador en este tema está hoy regida por las normas generales de la investigación en temas de historia. La postura honesta es la de aparcar metodológicamente tanto la fe como el ateísmo y tener una actitud de sospecha similar a la duda cartesiana. El investigador debe evitar que sus emociones y su ideología previas condicionen su actividad sobre los recursos de la investigación histórica y sobre los razonamientos y conclusiones. Sin embargo, no es tan fácil ser honesto y colgar en la percha la mochila del credo personal. La sospecha de intereses confesionales en todos los discursos sobre el Jesús histórico debe ser la norma para todo lector o investigador. Por desgracia, no es raro encontrarse con propuestas de gran renombre editorial que traen consigo una mochila cargada de agendas previas, ya sea de creyentes católicos o protestantes, de ateos o bien de simples oportunistas siempre dispuestos a hacer negocio con propuestas morbosas carentes de fundamento.

2.- Las principales dudas y sospechas sobre la credibilidad histórica que ofrecen los evangelios explosionaron por vez primera como un potente sunami en un libro póstumo de un profesor alemán de lenguas orientales de Hamburgo, Apología de H. S. Reimarus, que el autor no quiso publicar en vida por miedo a terribles represalias tanto de las autoridades religiosas como civiles. Este libro fue publicado solo parcialmente en 1814. Desde entonces, una inmensa bola de nieve empezó a formarse en un debate, casi exclusivamente alemán y protestante, en el que solo participaban profesores de teología y de biblia. Hoy día, sin embargo, ya es un debate universal sin distinción de credos y con aportes muy relevantes de otras ciencias auxiliares de la historia. De este modo hemos ido acumulando conocimiento, refinando los métodos y las pruebas para llegar a saber con bastante probabilidad – es lo más a lo que se puede aspirar en las ciencias históricas de la Antigüedad – algunas cosas del Jesús histórico y que otras no son sino creaciones legendarias, o de fe, posteriores a su muerte realizadas por sus seguidores. Pero aún queda mucho por analizar en los documentos del NT para seguir obteniendo más información útil. Una buena parte del material neotestamentario está hoy todavía en terreno neutro, ya que de él no podemos afirmar ni negar que contenga informaciones auténticas sobre el Jesús histórico.

3.- Precisar qué criterios metodológicos permiten afirmar que un dicho o un hecho referido en los evangelios – ya sean canónicos o no – es auténtico del Jesús histórico no es un problema que pueda resolverse de modo apriorístico como si de un algoritmo lógico se tratara. Los criterios fundamentales de que disponemos en este tema son más bien el resultado de purgar los errores, pulir y perfeccionar los métodos de investigación por parte de una larga lista de buscadores del Jesús histórico desde el siglo XVIII. Criterios que se aplican en el punto final de un largo trabajo previo en el que se someten los textos en liza a la aplicación de la filología, a las conclusiones de la historia de la formación de las tradiciones, a la coherencia con la literatura intertestamentaria no bíblica, con la literatura rabínica, con la sociología de la Palestina romana y con la arqueología, si la hubiera.

4.- Como en todas las disciplinas científicas el modo de consolidar una investigación histórica sobre Jesús de Nazaret es la puesta a disposición de otros investigadores (pares de la misma especialidad) del trabajo realizado con el objetivo de que puedan comprobar hasta qué punto las hipótesis de trabajo están bien planteadas, si representan una novedad y si los procedimientos de prueba son correctos y resolutivos. Una vez que los pares juzgan el grado de solidez del trabajo tanto en su planteamiento como en sus métodos de prueba, las conclusiones gozan de un grado determinado de consenso según el número de pares que las refrenden y la calificación que otorguen. Por ello, un consenso de los principales investigadores mundiales de la especialidad se juzga suficiente para que un trabajo goce de gran predicamento científico y se puedan calificar los hechos o dichos analizados como auténticos del Jesús histórico con un alto grado de probabilidad.
Quiero predisponer al lector a no esperar grandes certezas. El tema del Jesús histórico no tiene nada de apodíctico. Se trata de un tema muy polémico que elabora sus conclusiones gota a gota a través de la polémica. Cuando un autor publica un libro sobre el tema, sabe que será objeto de polémica sí o sí. Y lo será, aunque sobre el tema concreto ya exista un consenso de probabilidad, porque las aristas a pulir son casi infinitas aún en el mejor de los casos.

©  Santiago Fernández Nistal, Jesús de Nazaret. Su historia y su leyenda. pp. 17-19


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 JESÚS DE NAZARET. SU HISTORIA Y SU LEYENDA

miércoles, 9 de julio de 2025

Índice de mi libro JESÚS DE NAZARET. SU HISTORIA Y SU LEYENDA

Presentación 13

Primera parte

LOS ESTUDIOS HISTÓRICOS SOBRE JESÚS


LA SOSPECHA COMO NORMA 17

1. EVANGELIOS, FILOLOGÍA E HISTORIA 21

Fuentes disponibles 21

Pioneros 26

La cuestión sinóptica y el documento Q 29

De la teología liberal al Jesús escatológico 30

Marcos y el secreto mesiánico 34

Excurso: el secreto mesiánico en la actualidad. 36

Historia de las tradiciones 40

Historia de la redacción final 45

2. CRITERIOS DE HISTORICIDAD 51

Excurso: milagros y hechos sobrenaturales 58

3. INVESTIGACIÓN MODERNA 61

Geza Vermes (1924 – 2013) 61

E. P. Sanders (1937- 2022) 69

Gerd Theissen (1943 - ) 79

J. P. Meier (1942 – 2022) 93

CONCLUSIONES DE LA PRIMERA PARTE 107


Segunda Parte

JESÚS HISTÓRICO, A DEBATE


4. EL BAUTISMO DE JESÚS 113

Excurso: El bautismo de Jesús según Marcos 121

5. JESÚS, PROFETA 127

El Reino de Dios 130

Taumaturgo carismático 140

Las comidas del Reino de Dios 142

Las parábolas de Jesús 145

La organización de Jesús 150

¿Reforma moral o legal de Jesús? 153

6. JESÚS, RECONOCIDO REY MESÍAS 161

Tipos de mesías en época de Jesús 162

Jesús, reconocido rey mesías 164

7. LA PASIÓN, DUDAS Y POCAS CERTEZAS 169

Una súplica a Dios y dos desafíos políticos 171

Prendimiento 177

¿Juicio a Jesús en el sanedrín? 180

Caifás entrega a Jesús a Pilato 184

Juicio de Pilato 187

Crucifixión y muerte 197

Sepultura 199

Politización y despolitización de Jesús 204

CONCLUSIONES DE LA SEGUNDA PARTE 213


Tercera parte

JESUCRISTO, LA LEYENDA


Introducción 223

8. JUDEOCRISTIANOS 227

¡Resucitó! 229

Visiones y apariciones 240

La tumba vacía 243

Primeras versiones de la Pasión 245

9. PABLO. JESÚS MISTÉRICO 251

Jesucristo, hijo de Dios y Señor salvador 251

Comunidades marcanas. El evangelio 260

Mateo y Lucas. La fundación de la Iglesia 266

Juan. Jesús, Palabra de Dios hecha carne 274

10. NACIMIENTO DE LA TEOLOGÍA 287

Gnosticismo. Un Dios modalista 287

Concilios cristológicos. El Dios del dogma 294

CONCLUSIONES DE LA TERCERA PARTE 311


REFLEXIÓN FINAL. Historia, ficción y fe 317


Apéndices

I. Pequeño vocabulario 325

II. Fechas del siglo I e.c. 337

III. Esbozo de una vida de Jesús 341

IV. ¿Jesús, líder de un grupo armado? 349


BIBLIOGRAFÍA CITADA O CONSULTADA 359

Sobre el autor 365


©  Santiago Fernández Nistal, Jesús de Nazaret. Su historia y su leyenda


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 JESÚS DE NAZARET. SU HISTORIA Y SU LEYENDA