Por Santiago Fernández Nistal
En los años 60 del siglo pasado el gregoriano fue expulsado de las iglesias y catedrales por la progresía del concilio Vaticano II que impuso una liturgia populista. Y se refugió en los conventos y monasterios. Pero desde hace unos diez años ya es frecuente asistir a cultos cristianos en iglesias y catedrales de Alemania, Francia y Estados Unidos que han reivindicado el retorno en fuerza del canto gregoriano. Y con razón. Porque es una joya que merece la más alta consideración de la sociedad.
Lo sublime es una categoría estética muy escasa y alejada del hombre moderno. El hombre medieval vivía inmerso en el sentimiento de lo sublime permanentemente, pero hoy en día es muy difícil saborearlo, dada nuestra concepción del hombre y del mundo. Lo sublime es el anonadamiento de la criatura y la inmensidad del creador. Lo sublime son los inmensos espacios celestiales dominados por la presencia omnipotente de Dios. Lo sublime es la luz celestial divina que desciende en mil colores a las oscuras profundidades de las catedrales para iluminar a los mortales. Lo sublime es el dilema del fiel atrapado entre la condenación eterna y la graciosa salvación de Dios. Lo sublime es ese pecador arrodillado ante el altar del sacrificio y el Dios omnipotente concediendo graciosamente su amor al pecador arrepentido. Por eso los cantos gregorianos gritan Kyrie eleison, Adoro te devote, Te Deum laudamus, O vos qui transites per viam, Veni Sancte Spiritus, Exaudi nos Domine, Miserere mei Deus, Stabat mater, Rorate coeli… en los que el pecador se humilla, suplica y sufre. Pero lo sublime es también el sentimiento de estar transportado a las regiones de luz divina. Por eso los cantos gregorianos exultan de júbilo en Victimae pascali laudes, Gloria in excelsis Deo, Sanctus… reconociendo el poder y la gloria del Dios salvador. Uno puede estar a años luz de la mística original implicada en tales cantos. Uno puede estar a cientos de años luz de esta concepción del hombre que espera recibir de lo alto y gratis un pan de salvación que le impone la humillación de su logos racional. Esta distancia es la que media entre el sentimiento de lo sublime y de todas las demás categorías estéticas que terminan donde termina el horizonte humano. Pero precisamente por eso, porque estoy a miles de años luz de semejante concepción, escuchar estos cánticos que me despiertan los demonios dormidos de mi soberbia, de mi humilde condición humana, de mi insignificancia existencial. Y me gusta. Me gusta infinitamente. Porque es una excelente catarsis para empatizar con la miseria humana. Con toda forma de miseria humana. Hasta la más repugnante.
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